Archivo
Inicio
¿Quienes somos?
El lado humano
Desde la Fe
Desde la Razón
Mens sana
In corpore sano
Arte
Ante quien ...
Presentaciones
Calcuta 07
Libro de visitas
 

... Se vuelve el rostro.

Espacio dedicado a todos aquellos ante los que se vuelve el rostro: los más débiles, los pequeños, los abandonados, los pobres, los desheredados, los maltratados.

Si tenéis alguna sugerencia de ayuda o historia de amor por los más pobres que queráis difundir podéis hacerlo enviándolo a admin@buscadlabelleza.org

_______________________________________________________________________________




Mi tuberculosis

 

(Experiencias vividas en la tribu Nkwen, en Camerún)

           

No es un secreto, pero casi nadie lo sabe. De pequeño tuve tuberculosis por unos tres meses. Era el año 47. Mi padre, Director del Banco Hispano, había muerto hacía un año, y mi madre había entrado a trabajar en él: era la primera mujer en España que trabajaba en un Banco. Eran los años del bloqueo internacional a España; teníamos poco dinero, la comida estaba racionada y sumamente escasa, y pasábamos mucha hambre. Me apareció una pequeña fiebre permanente y una tosecilla seca constante. Por fin vino el médico, cariñoso y atento, que nunca nos quiso cobrar vista la situación. Años más tarde, ya escolapio, fui a agradecérselo. Se emocionó; lo había olvidado. jDebieron ser tantas las veces que lo hizo con mucha gente! Recuerdo la seriedad que tomó entonces(era muy jovial) y el cuchicheo con mi madre. Luego me dijeron que era cosa del crecimiento, y que me anotara la temperatura mañana y tarde en el colegio. Esto duró unos tres meses. Por fin la fiebre desapareció.

Muchos años más tarde entendí lo que había pasado, dicho por mi madre. Había cogido la tuberculosis, como tantos miles y miles en aquellos años. Pero el Señor se empleó a fondo, entre el hambre y el bacilo, para sacarme adelante contra todo pronóstico. Pude ser uno más en la enorme lista de los muertos por tuberculosis aquellos años. Pero Él tenía otros planes sobre mí, y me inmunizó con una inmejorable salud durante toda mi vida.



jEl dolor de la gente, de los pobres, de los que saben que no pueden hacer nada contra la enfermedad o el dolor! Ordinariamente, al menos en el norte, no le tememos demasiado: sabemos que tenemos Seguridad Social, médicos, medicinas, que casi siempre resuelven los problemas ordinarios. Da seguridad. jPero los pobres! iLas gentes de aquí, en Camerún! Los que ante una malaria, que no por ser tan frecuente es menos grave, van a comprarse dos o tres pastillas de quinina( aquí todo tipo de pastillas se venden sueltas por unidades; la gente no puede comprar una caja de..., como en España), a ver si con ellas pueden trampear la situación, cuando el tratamiento normal son veintiuna.

 

Fue el recuerdo de mi tuberculosis, con su sensación de tristeza e impotencia, y la intuición de las grandes necesidades de aquí, lo que me decidió a prepararme para ayudarles en curar heridas, coser, escayolar, y estas pequeñas ayudas. Debo aportar mi gano de arena. Así que el mes anterior a salir de España para venir a la misión en Camerún, me lo pasé, ocho horas diarias, en la sala de Urgencias del Hospital MAZ de Zaragoza. Allí había un formidable equipo de médicos, cordiales, campechanos, linces en sus especialidades, que me acogieron cariñosamente al saber mi intención de aprender lo posible para poder ayudar luego aquí en la misión. Yo soy doctor en Biología; pero eso es teoría. Aquello era práctica. Me enseñaron continuamente, y yo era una esponja. Doy fe de que el interés que vi en ellos por los enfermos y accidentados, su dedicación, su cordialidad con ellos, son merecedores de un homenaje; y esto no es propaganda de la MAZ. En mi vida en España he conocido médicos que ejercían su ministerio de forma parecida a como yo ejerzo el sacerdocio. Y esto es construir el mismo Reino, de diversas maneras, que nos dijo el Señor: mundo de paz, justicia, solidaridad, amor.

Hace ya un tiempo que dedico nada más comer, un par de horas diarias, que en realidad se alargan siempre a tres o cuatro, a curar heridas y atender a los que quieren venir. Si veo algo importante, le mando al médico. Cada día veo el dolor silencioso en sus rostros resignados, o la alegría desbordante cuando se curan.

Un día vino un adulto con un enorme absceso lleno de pus en la zona occipital, bajando la infección por el linfático. Pude encontrar unas inyecciones de antibiótico, y con las curas de días sucesivos, desapareció. El pobre hombre se puso de rodillas dándome las gracias, intentando besarme la mano... jQué desgarrón sentí en mi interior! Varias veces he llorado (sí, llorado!) de pena al verles sufrir, callados, impotentes, sin rechistar; al ver su alegría cuando curan; y al ver, por contraste, lo fácil que sería ayudarles con unas medicinas. Pero no: han de comprarlas al Norte, a precio de oro.

Otro día es un niño de diez años, de ojos apagados, con tos y dolor de cabeza hacía dos semanas, esperando de pie que se le pasara. jTenía 40º de fiebre! jÁngel de Dios!

Vino una madre con dos hijos: 11 meses, y 5 años. Tenían picores intensos continuos hacía cuatro semanas. Les miré: estaban llenos completamente de sarna. Tuve que concluir que ella también y el resto de la familia, y así me lo confirmó. ¿Y cuántos son? Once. iOnce aguantando día y noche los picores de los bichitos haciendo túneles bajo la piel! Así que les preparé la mezcla con el azufre que había comprado en Zaragoza, por cuatro perras, antes de venir a Camerún. jY en tres días curados! Luego vienen las normas de higiene.¿Pero puedes insistir en que se laven el cuerpo con jabón, cuando la fuente de agua la tienen a tres kilómetros, o el arroyo está a más distancia y cuesta abajo? Es fácil hablar de higiene cuando se tiene la ducha en casa y dinero para comprar jabón. Se lo digo. Pero en sus ojillos muy abiertos por el asombro leo la respuesta que no saben o no se atreven a darme.

Un día vino un joven de unos 30 años notando hacía tres meses, intensos pero cortos dolores en la tripa, dolor en estómago a poco de comer, y ciertos síntomas con los que concluí pronto de qué se trataba. Le hice la última pregunta: "¿Notas de vez en cuando cosquillas en la garganta?" "Sí, con bastante frecuencia. Es como si algo estuviera subiendo o deslizándose por ella." Y ¿qué haces? "Trago saliva y desaparece el picor". Casi me eché a reír por el realismo de la descripción de lo que él no sabía. ¿Qué ocurría? Tenía en su intestino unas grandes lombrices de unos 20 cm., viviendo parásitas en él. Se adquieren bebiendo agua de arroyos, que suelen estar infectadas. Yo conocía en teoría su existencia: se llama Ascaris lumbricoides, y lo había enseñado muchos años en las Ciencias de BUP. Pero no sabía que a solo unas horas de avión desde España, eran una realidad para mucha gente. A veces son decenas y taponan el intestino, y eso es muy grave. Muchos de los huevecillos germinan en el interior del propio intestino, y las microlarvillas pasan a la sangre. Siempre acaban en los pulmones, donde se salen de los capilares y empiezan a deslizarse por los bronquiolos; luego ascienden por los bronquios, y finalmente la tráquea, ascendiendo hasta la garganta, donde el picorcillo hace tragar saliva, y así las larvas pasan al esófago y estómago a infectar de nuevo y seguir viviendo. Así que le di unas pocas pastillas de una sustancia que soluciona enseguida el problema.

Para nosotros, en el Norte, no son pastillas caras( ni tampoco se usan); pero muchos de ellos no pueden pagarlas y menos aún la consulta del médico que se lo diga. ¿Os imagináis? Sacad conclusiones.

Otra vez es una anciana, andando a pequeños pasos doblada sobre un palo, con los dos nervios ciáticos fuertemente inflamados. Otras veces toca poner grapas, coser, escayolar,... Les he salido buen discípulo a los médicos de la MAZ. De alguna manera están ellos ayudando a estas gentes.

Hay diversas casitas llamadas Centro de Salud, y está el Hospital. Pero si vas a que te curen algo, además de pagar la cura, tienes que llevar tú el algodón, alcohol, tijeras, esparadrapo, pomada, gasa, jeringa y aguja estériles si te van a poner una inyección, y por supuesto la medicina. Total, que no se puede ir. Y las heridas están todas infectadas y ulceradas tras muchos días. Y adoptan la actitud que recuerdo cuando mi tuberculosis y el hambre continuo: aguantar silenciosamente, sin poder hacer nada, esperando mejorar.

Pero lo que más me importa cuando vienen es tratarles con verdadero amor e interés: primero, porque lo siento así, porque ellos son Jesús sufriente pidiendo ayuda a su dolor; y segundo, porque ellos necesitan sentirse queridos. Es más importante darse que simplemente dar.   Muchas veces, peor que una enfermedad concreta es la permanente sensación de no sentirse amados, de no tener a nadie en la vida. Y sé que lo que hago es nada, una gota en un océano. Pero si no lo hiciera, al océano le faltaría esa gota.
                                                                                                       

Descargar artículo


José A. Gimeno Jarauta Sch. P.