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Calcuta 07
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Un paseo hasta Casa Madre (I)

La verdad es que el sitio no tenía mala pinta.  Y eso a pesar de haber dormido poco y mal y de que a las 8:30 de la mañana de aquel 15 de agosto, el calor húmedo y sofocante prometía dejarse notar… Cierto que la fachada recién blanqueada, contrastaba con el resto de los destartalados edificios que componían la zona. Aunque supongo que eso no quería decir mucho al respecto, ya que la mayoría de las construcciones en Calcuta, están sin remozar desde antes del 1947.

En el patio se adivinaban las huellas del monzón caído durante la pasada noche, que junto al cuadrangular jardincillo, custodiado por varios mangos y algún que otro cocotero, dotaba al entorno de un cierto frescor, que aún se mantendría mientras hubiese algo de sombra en el recinto. Después habría que buscar el cobijo del pequeño porche, para soportar los momentos más tórridos del día. Un Ambassador verde, aparcado junto a la cerca, completaba el conjunto con un innegable sabor indio.

La situación no dejaba de ser algo confusa; supongo que en parte, por el cambio de horario y el cansancio acumulado; pero también porque no acababa de quedar claro si teníamos hueco o no en aquella mansión. No cabe duda, que no saber qué es lo que viene a continuación, provoca una cierta inestabilidad en cualquiera. Varias personas, inconfundiblemente locales, iban y venían alrededor nuestro, supongo que a la vez que desempeñaban diversos cometidos, nos observaban con la misma curiosidad con que nosotros a ellos. Lo que era cierto, es que el tiempo no parecía apremiarles en exceso, en la ejecución de sus tareas.

El caso es que casi sin darnos cuenta, ya nos estaban repartiendo entre las diversas dependencias del edificio. Y al poco, la mayoría disponíamos de una habitación con ducha, y en algunos casos, hasta con aire acondicionado. ¡Increíble! Yo que creía que iba de viaje a un entorno medio salvaje y primitivo, donde la malaria o el cólera eran enfermedades de lo más habitual o donde encontrar un aseo era algo más bien difícil, resulta que se ponía a nuestra disposición, casi por arte de magia, un entorno agradablemente insospechado.

La verdad es que éste era el primer contacto, con un grupo de personas cuya hospitalidad, amabilidad y entrega, iba a ser difícil de olvidar en mucho tiempo.

Calculo que el trayecto que nos separaba de Casa Madre, no era superior a tres kilómetros, muy fáciles de salvar en un lapso de media hora larga. Pero una media hora muy entretenida, porque en cuanto se cruzaba desde Covent Lane, el puente sobre la vía, una multitud de mini negocios, chiringuitos, tiendecillas de todo tipo o minúsculos restaurantes, comenzaban a aparecer por el margen derecho, ofreciéndote todo tipo de habilidades, servicios o especialidades teóricamente comestibles. A cambio de unas pocas rupias, cualquier cosa era posible: desde una “puja” para tu buena suerte, hasta un parche para la rueda de la bici, o un corte de pelo, o un cuenco de noodles, o un chapati recién hecho… Todo quedaba a nuestro alcance en la transitada calle del Dr. LM Bhattacharya …

Un poco más adelante, partía una gran encrucijada de avenidas desde Moulali, donde había que empezar a sortear un tráfico ensordecedor. Una auténtica avalancha de coches, carromatos, desvencijados autobuses, camiones, motocarros, e incluso rick-shaws, lo invadían absolutamente todo, haciendo sonar sus cláxones de forma continua como único medio de abrirse paso en medio de la multitud. Así había que afrontar la ancha AJC Bose Road, soportando, ruido, contaminación y también pobreza. La eterna constante de la ciudad maldita. Era bien difícil encontrar un hueco en una acera en la que no hubiese, aparte de los típicos tenderetes, infraviviendas compuestas por algunos desechos de plásticos, maderas u hojalatas, con su “chula” (infiernillo de carbón) y no menos de media docena de inquilinos en el entorno, guisando, fregando o simplemente esperando, a que su karma, sucio de las malas acciones de una hipotética existencia anterior, se purifique en pos de una mejor vida futura.

En torno a ochocientos metros más abajo, a la derecha, nada más pasar Alimuddín Street, a través de un pequeño callejón sin nombre, se accede al umbral más famoso de Calcuta, el 54A de la antigua Lower Circular Road. Inconfundible gracias el letrero que con letras blancas anuncia “Mother Teresa, M.C. [In]” Aquel portón de madera, tantas veces atravesado con el respeto que merece compartir la morada de una Santa. Silencio, paz, acogida, sonrisas, pobreza, generosidad, dignidad, caridad… Convierten esa casa en un auténtico oasis, del agua que no se acaba nunca, donde tiene cabida todo el que desee ir a beber de la fuente que “salta hasta la vida eterna”.

Lo primero que llama la atención es la simplicidad de las estancias, todo es de lo más sencillo, de un minimalismo casi absoluto pero completado con una extrema limpieza, orden y buen gusto, característico del toque femenino de las hermanas.

Cuantos silencios allí vividos y cuantas ansias de volver a vivirlos:

“Señor Jesús, aquí me tienes; ya sabes lo débil que soy. Sabes que no he venido a ganar méritos. Ni siquiera he venido por los demás. Estoy aquí gratuitamente por ti, para amarte. Jesús que estás sediento y que sufres en el interior de todos estos pobres, ayúdame a compartir, sin guardarme nada, para que juntos podamos decir, ellos y yo, que te amamos, y que tú eres la única luz del mundo para cuantos vivimos en oscuridad, porque sin ti, la verdadera salvación, estamos perdidos…”

 Lo cierto es que aquella primera vez, que me arrodillé ante el sepulcro de la Madre, pidiendo fuerzas, para poder cumplir la misión que me había llevado a recorrer tantos kilómetros hasta allí, fue sin duda especialmente emotiva. Todavía recuerdo las frases escritas con guirnaldas de flores de color naranja que decoraban su tumba“I am Indian. India is mine” (Yo soy india. La India es mía) Eligió este país como nación, entregando toda su vida por ella. Bonito tributo de las hermanas, a la beata madre, en el día de la fiesta de la Independencia.

En cuanto el sol se ocultaba, las calles de Calcuta se convertían en un auténtico bullir de gentes, supongo que porque muchos de los que moraban en las aceras con sus familias,

volvían de sus humildes trabajos, con alguna rupia en el bolsillo, para poder compartir al menos un puñado de arroz o un poco de dal con su familia (las famosas lentejas de las que se alimentan tantos pobres diariamente) Se dice que las personas en la India, se dividen a la altura del vientre, entre los “do-bela” que pueden permitirse comer dos veces al día, los “ek-bela” que solo lo hacen una vez, y el resto, millones de pobres que no saben cuando será la próxima vez que puedan llevarse algo a la boca. Verdad que resulta difícil, entender algo así, cuando en occidente pagamos porque nos ayuden a adelgazar…  (Descargar artículo)

Santi.

santis@buscadlabelleza.org