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Causas y Efectos.

Desde que tenemos uso de razón vivimos con los esquemas de causa-efecto en la base de nuestra manera de pensar, concretamente en nuestra forma de elaborar hipótesis y aventurar consecuencias. Incluso nos lanzamos a establecer reglas genéricas de obligado cumplimiento. En la mayoría de las ocasiones el método hipotético deductivo da unos formidables resultados, pero para que esto sea así hay que tener un especial cuidado en la determinación de las causas y los efectos. Podemos confundir efectos con causas y casusas con efectos.

Por ejemplo coloquialmente se dice que un objeto que se mueve a gran velocidad lleva mucha fuerza, y asociamos a dicho objeto esa fuerza poderosa. Sin embargo dicho objeto lo único que podemos asegurar que lleva asociado es una cierta cantidad de movimiento o momento lineal. Podemos tener, de hecho, dicho objeto moviéndose a gran velocidad en ausencia de fuerza alguna. Seguro que una fuerza fue el origen de dicho movimiento, pero ahora sólo hay movimiento, es decir efecto, no la causa que lo generó.

Con comportamientos humanos también caemos en este tipo de confusión. Por ejemplo podemos confundir o identificar el daño con el sufrimiento. Sin embargo sabemos que lo uno no tiene que conllevar lo otro forzosamente. Ante un mismo daño una persona puede sufrir más o menos que otra. Si esto es así ¿qué es lo que genera el sufrimiento si no es el daño recibido? El sufrimiento viene determinado, sobre todo, por dos tipos de percepciones, la incontrolabilidad y la indefensión.

La incontrolabilidad es una de las circunstancias que más molestan al ser humano. Tenemos que tener todo bajo control o al menos bajo un comportamiento previsible. Todo lo que se salga de aquí nos produce incomodidad y estrés, pues lo vivimos como una situación amenazante. La planificación, los planes B y todas las contingencias posibles tratan de eliminar esta incertidumbre. La misma búsqueda de paradigmas y leyes generales que expliquen el comportamiento de la naturaleza o del hombre tiene su origen en esta necesidad de erradicar la incertidumbre. A veces nos podemos permitir un margen de sorpresa o impredecibilidad, por ejemplo en vacaciones, pero nos costará más dejar a su suerte aquella esfera de nuestra vida que más nos importa.

La indefensión, intensamente estudiada por Seligman, produce en el ser humano un sentimiento de impotencia que puede llegar a paralizarnos. El hecho de no poder salir por nosotros mismos de un atolladero y de no encontrar solución en persona o medio alguno nos lleva a un callejón sin salida. No tenemos en nuestra mano la solución a nuestro problema. Estamos vendidos, da igual lo que hagamos porque el daño seguirá ahí sobre nosotros. Por eso es tan frecuente el recurso a cualquier tipo de mecanismo preventivo del daño o la preparación y acopio de fortalezas para poder enfrentarnos a él en el caso de sufrirlo.

Un grave daño, una enfermedad terminal suele provocar en el ser humano ambas percepciones, la incontrolabilidad y la indefensión, y por lo tanto un sufrimiento. Pero también lo puede provocar un pequeño daño, pues lo que origina el sufrimiento es la percepción de ambas sensaciones, independientemente del daño. Llegar tarde al pase de una película puede provocar sufrimiento, o tener una avería en el coche durante un trayecto largo puede provocar también sufrimiento en base a ambas percepciones.

Si confundimos las causas y lo efectos podremos llegar a pensar que la única forma de no sufrir es eliminar daño tras daño, pero esto, además de no ser cierto no es posible siempre. Mirando con más detenimiento que la causa verdadera de nuestro sufrimiento es la vivencia que tenemos del daño, tendremos más posibilidades de comprenderlo y por lo tanto de elaborarlo y afrontarlo.

Aún así, cuando el daño más terrible aparece, las posibilidades de comprensión y de elaboración se desvanecen y sólo Aquel, Jesucristo, que de la muerte es capaz de sacar vida puede liberarnos. Una persona cristiana, con una profunda fe en Dios, sabe que no todo está fuera de control, sino que la voluntad de Dios, o la permisividad de Dios, en base a la libertad del hombre, están siempre presentes. Se pregunta más el para qué que el porqué de los acontecimientos y por lo tanto desaparece su percepción de incontrolabilidad. Respecto a la indefensión, el creyente sabe que nunca está sólo y que no necesita más defensa que la que le proporciona su Señor, cuyos designios están más allá del futuro cercano y que miran siempre más allá de nuestras miradas, hacia la Vida Eterna. Desde el punto de vista de la fe podemos simplificar todo ello diciendo que la persona dañada recibe el consuelo de Dios; un consuelo real, no elaborado.Confundir las verdaderas causas, no responder a las grandes preguntas, lleva al hombre a vivir esquivando el dolor, maquillando las sonrisas y con la mirada puesta en lo inmediato para no salirse del camino, que cree seguro, y por él marcado.

(Pedro Jara) Descargar artículo

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